Bitácora del naufragio– Día 144
La noche se cierne sobre el cielo vacío. Hoy la luna ha decidido no aparecer, otra vez, como lo viene haciendo cada noche en la que elijo no navegar por los blancos halos de su cabellera. Es demasiado celosa. Celosa de los recuerdos. Celosa de las noches donde bajo este mar tibio, danzan los recuerdos enardecidos, contagiando luces de colores y haciendo tanto ruido que, por más que pudiera, no me dejarían dormir.
‘La Ambición’ vacía, se queja por las noches. En cuanto el sol se va, comienza su ronroneo de maderos viejos escocidos a la sal. Yo suelo sentarme, como hago en este momento, en la escalera que da al puente. Desde aquí intento no oír las sirenas de mis recuerdos. Cada vez, quedan menos, pero eso igual no hace que algunas noches caiga a su merced y termine naufragando, otra vez en el pasado. Su baile, sus luces que iluminan el casco de colores irreales hipnotizan cualquier corazón que no sea tan frío y oscuro como el fondo de un cañón. A veces aquí sentado sonrío. Y pienso en la cercanía de la costa, en que el botín está cada vez más cercano. Me veo mirando el horizonte al amanecer, victorioso de una noche de exorcismos matando mis demonios y no puedo evitar sentir tu sombra en la mía, tu presencia cerca de mi espalda, y siempre, siempre salto y pego la vuelta, para encontrarme sólo, mirando un rincón donde apenas cabe el vacío. No puedo dejar de extrañar tus ojos y querer compartir cada pequeña victoria a tu sonrisa. Si es que al final, no hay botín más grande que el calor de tu cuerpo entre mis manos…
Cada mañana recuerdo que no recuerdo como es que terminé aquí. Recuerdo el despertar resacoso de una mañana de sol abrasador, tumbado junto al timón, preguntándome como es que sólo y sin velas se puede llegar tan lejos, a un lugar sin estrellas, sin costas a la vistas. Recuerdo también la noche que por primera vez vi a las sirenas y a los recuerdos danzar bajo la nave, cómo es que resaltaba su nombre escrito en letras doradas por sobre la madera negra, y cómo refractaba la luz contribuyendo al juego hipnótico y toda esa mentira. Recuerdo pocas cosas o eso quiero pensar. A veces l
Otra vez, te volví a sentir, observándome en la oscuridad. Otra vez me di vuelta, para saber que ya no estás. Te extraño, más de lo que me extraño a mi mismo, al sol que entibia, a la luna que me seduce, y a las estrellas que me guían.
Si sólo estuvieras a mi lado, tal vez, tendría sentido encontrar la salida.
El sol que abrasa comienza a salir por el horizonte, otro día más que nace, otra noche más que venzo. Y así, aquí sentado, poco gusto tiene la victoria. Mañana… ¿qué será mañana? Será otro hoy, será otro ayer.
La noche se cierne sobre el cielo vacío. Hoy la luna ha decidido no aparecer, otra vez, como lo viene haciendo cada noche en la que elijo no navegar por los blancos halos de su cabellera. Es demasiado celosa. Celosa de los recuerdos. Celosa de las noches donde bajo este mar tibio, danzan los recuerdos enardecidos, contagiando luces de colores y haciendo tanto ruido que, por más que pudiera, no me dejarían dormir.
‘La Ambición’ vacía, se queja por las noches. En cuanto el sol se va, comienza su ronroneo de maderos viejos escocidos a la sal. Yo suelo sentarme, como hago en este momento, en la escalera que da al puente. Desde aquí intento no oír las sirenas de mis recuerdos. Cada vez, quedan menos, pero eso igual no hace que algunas noches caiga a su merced y termine naufragando, otra vez en el pasado. Su baile, sus luces que iluminan el casco de colores irreales hipnotizan cualquier corazón que no sea tan frío y oscuro como el fondo de un cañón. A veces aquí sentado sonrío. Y pienso en la cercanía de la costa, en que el botín está cada vez más cercano. Me veo mirando el horizonte al amanecer, victorioso de una noche de exorcismos matando mis demonios y no puedo evitar sentir tu sombra en la mía, tu presencia cerca de mi espalda, y siempre, siempre salto y pego la vuelta, para encontrarme sólo, mirando un rincón donde apenas cabe el vacío. No puedo dejar de extrañar tus ojos y querer compartir cada pequeña victoria a tu sonrisa. Si es que al final, no hay botín más grande que el calor de tu cuerpo entre mis manos…
Cada mañana recuerdo que no recuerdo como es que terminé aquí. Recuerdo el despertar resacoso de una mañana de sol abrasador, tumbado junto al timón, preguntándome como es que sólo y sin velas se puede llegar tan lejos, a un lugar sin estrellas, sin costas a la vistas. Recuerdo también la noche que por primera vez vi a las sirenas y a los recuerdos danzar bajo la nave, cómo es que resaltaba su nombre escrito en letras doradas por sobre la madera negra, y cómo refractaba la luz contribuyendo al juego hipnótico y toda esa mentira. Recuerdo pocas cosas o eso quiero pensar. A veces l
Otra vez, te volví a sentir, observándome en la oscuridad. Otra vez me di vuelta, para saber que ya no estás. Te extraño, más de lo que me extraño a mi mismo, al sol que entibia, a la luna que me seduce, y a las estrellas que me guían.
Si sólo estuvieras a mi lado, tal vez, tendría sentido encontrar la salida.
El sol que abrasa comienza a salir por el horizonte, otro día más que nace, otra noche más que venzo. Y así, aquí sentado, poco gusto tiene la victoria. Mañana… ¿qué será mañana? Será otro hoy, será otro ayer.

